sábado, 4 de agosto de 2012
Sutra del Amor (Metta Sutta)
En una ocasión el Bendito estaba viviendo cerca de Savatthi, en Jetavana, en el monasterio de Anathapindika. Entonces él se dirigió a los monjes diciendo: "¡Monjes!"
Ellos respondieron: "Venerable Señor"
El Bendito entonces habló lo siguiente:
"Monjes, se han de esperar once ventajas del corazón liberado por familiarizarse con los pensamientos de amor desinteresado (metta, maitri), por el cultivo del amor desinteresado, por el constante incremento de estos pensamientos, por el tener al amor desinteresado como un vehículo de expresión, y también como algo que ha de ser atesorado, por vivir de acuerdo con estos pensamientos, por poner estas ideas en práctica, y por establecerlas. ¿Cuáles son los once?
1) El duerme plácidamente
2) Se despierta plácidamente
3) No hay malos sueños.
4) Es querido para los humanos
5) Es querido para los no humanos
6) Los dioses lo protegen
7) El fuego, el veneno, y la espada no pueden tocarlo.
8) Su mente puede concentrase rápidamente.
9) Su semblante es sereno.
10) Muere sin tener confusión en su mente.
11) Si no llega a obtener el estado de Arhat aquí y ahora, renacerá en el mundo de Brahma.
Estas once ventajas, monjes, se han de esperar del corazón liberado por familiarizarse con los pensamientos de amor desinteresado, por cultivar el amor desinteresado, por aumentar constantemente estos pensamientos, por tener al amor desinteresado como un vehículo de expresión, y también como algo que ha de ser atesorado, por vivir de acuerdo con estos pensamientos, por poner estas ideas en práctica, y por establecerlas"
Así dijo el Bendito. Y todos aquellos monjes se regocijaron con las palabras del Bendito.
Traducido del Pali por Piyadassi Thera.
Trad. al castellano por el ignorante y falto de devoción upasaka Losang Gyatso.
martes, 31 de julio de 2012
Sutra de la Total Extinción del Dharma.
Esto he oído:
Cierta vez el Buda se encontraba en el estado de Kusinagara; él iba a alcanzar el Paranirvana dentro de tres meses.
Junto con todos los monjes y todos los Bodhisattvas, una enorme multitud vino a visitar el lugar en el que se encontraba el Buda, y se postraron en el suelo ante él. El Honrado por Todo el Mundo estaba inmóvil, en silencio, y no predicaba nada. Su natural brillante radiación no se manifestaba.
El sabio y respetable Ananda le prestó obediencia, y se dirigió al Buda diciendo: “Honrado por Todo el Mundo, siempre que tú has predicado el Dharma, tú majestuoso brillo ha sido ilustremente único. Pero ahora, ha venido junta una gran multitud, y tu irradiación no se está manifestando en lo más mínimo. ¿Cuál es la razón de esto? Ciertamente, tiene que haber una razón, y nosotros queremos que nos enseñes su significado.”
El Buda estaba en silencio, y no respondió. Después de que Ananda le repitiera la pregunta tres veces, el Buda le dijo:
“Después de mi Nirvana, las Cinco Faltas (matar al padre, matar a la madre, matar a un Arhat, hacer sangre a un Buda, crear desunión en la Comunidad) ensuciarán el mundo, y el sendero de Mara (el demonio) florecerá en sobremanera. Los Maras se convertirán en monjes para arruinar y destruir mi Sendero; o vestirán las ropas de los laicos, disfrutando el uso de tejidos multicolores. Beberán vino y comerán carne, matarán a los seres sintientes en su deseo de disfrutar de delicados sabores. No tendrán mentes compasivas, ellos se odiarán y envidiarán unos a otros.
A veces, habrá Bodhisattvas, Realizadores Solitarios (Pratyekabuddhas) y Oyentes (Arhats) que se concentrarán sin distracción en cultivar el mérito y en tratar a todos los seres con reverencia; siendo los objetos de la devoción de la gente, predicarán y convertirán con imparcialidad. Sentirán compasión por el pobre, y siempre tendrán al anciano en sus pensamientos, y cuidarán de aquellos que estén en la pobreza y la dificultad. Ellos inducirán constantemente a la gente a adorar y servir a las escrituras sagradas y a las imágenes, practicando todos aquellos actos que acumulan mérito; sus deseos y sus naturalezas serán la gentileza y la bondad. Ellos no perseguirán o injuriarán a la gente, sino que ellos mismos se sacrificarán por la liberación de los demás. Ellos no se excusarán, sino que se crecerán con el insulto, siendo benevolentes y armoniosos.
Existiendo tal tipo de ser, el grupo de los monjes de Mara se unirán para odiarlo, difamándolo, y centrándose en sus defectos. El será expulsado y desterrado; ellos no soportarán que pueda permanecer. A partir de entonces, todos ellos dejarán de cultivar el mérito de acuerdo al Sendero. Los templos estarán vacíos y desolados, y no serán vueltos a reparar, sino que se dejarán que se derrumben en ruinas. Los monjes no codiciarán más que los bienes materiales; acumulándolos sin repartirlos, no harán buenas acciones.
Tratarán en esclavos y esclavas, ararán los campos y los plantarán, deforestando las montañas con el fuego, y causando daño a todos los seres vivos; ellos no tendrán mentes compasivas.
Los hombres esclavos llegarán a convertirse en monjes, las mujeres esclavas se convertirán en monjas; ellos no tendrán ninguno de los méritos que surgen de la práctica del Sendero, sino que serán impuros y depravados, sucios y turbulentos; los hombres y las mujeres no estarán separados.
¡La razón por la que el Sendero llegará a ser débil y superficial, es debido todo ello a este tipo de personas!
Algunos se evadirán de la policía tomando refugio en mi Sendero, aparentando haberse hecho monjes, pero sin practicar los preceptos y las reglas. Al medio y el final del mes lunar, aunque nominalmente ellos debieran de cantar los preceptos, estarán cansados de ello, y resentidos; perezosos y descuidados, y no desearán escuchar. Ellos seleccionarán y abreviarán aquí y allá, no queriendo hablar de ello. Las escrituras no serán recitadas, y aunque debería de haber lectores, no conocerán los caracteres y las frases; ellos forzarán interpretaciones y afirmarán que son exactas, no preocupándose de preguntar a quienes saben. En su arrogancia ellos perseguirán la fama, haciendo un alarde vano de elegantes maneras que sirvan para glorificarlos, y esperan las ofrendas de la gente.
Este grupo de monjes de Mara estarán destinados a caer condenados en el Infierno del Avici tras el final de sus vidas. En su castigo por haber cometido las Cinco Faltas, no habrá sufrimiento que no experimenten como fantasmas hambrientos (pretas) y como animales domésticos durante tantos Kalpas como granos de arena hay en el rio Ganges. Cuando su karma esté agotado, solo entonces volverán a renacer como humanos, pero renacerán en un estado fronterizo, en el que no habrá ningún lugar en el que se puedan encontrar las Tres Joyas.
Cuando el Dharma esté al borde de ser destruido, serán las mujeres quienes se concentrarán en el progreso espiritual, y tendrán el hábito de practicar buenas acciones. Los hombres serán perezosos e indolentes, no les encontrarán utilidad a las palabras del Dharma. Considerarán a los monjes como si fueran una escoria; en sus mentes no habrá ninguna creencia.
Cuando el Dharma esté a punto de ser destruido, y cuando llegue el tiempo para eso, todos los dioses llorarán. Las estaciones secas y las húmedas no seguirán sus ciclos, los cinco granos no madurarán, prevalecerán los vapores pestilentes; habrá mucha muerte. La gente común trabajará en condiciones penosas, los oficiales públicos serán calculadores y desconsiderados; no sometiéndose a los principios del Sendero, todos ellos tendrán sus corazones puestos en el placer o en el desorden. Los hombres perversos se incrementarán gradualmente en número, para ser como las arenas del mar; los buenos serán muy escasos, no más de uno o dos.
Debido a que el kalpa está próximo a su fin, los días y los meses llegarán a ser cada vez más cortos, y la vida de los hombres pasará más y más rápidamente; sus cabezas estarán canas a los cuarenta.
Los hombres serán impuros y depravados; ellos agotarán su semen y sus vidas se acortarán, viviendo la mayoría hasta la edad de sesenta años. Las vidas de los hombres llegarán a hacerse más cortas, pero sin embargo las vidas de las mujeres llegarán a ser más largas, hasta los setenta, ochenta, o noventa; algunas alcanzarán los cien años.
Ocurrirán grandes inundaciones de forma repentina, que golpearán por sorpresa, sin contar con ellas. La gente en el mundo no tendrá fe, y por lo tanto tomarán al mundo como algo permanente. Criaturas de todo tipo, sin distinción entre el acomodado y el plebeyo, se ahogarán y flotarán, siendo estrellados, para ser comidos por los peces y las tortugas.
En esa época, habrá Bodhisattvas, Realizadores Solitarios, y Oyentes; el grupo de Maras los echará fuera, y ellos no formarán parte de la comunidad religiosa. Estos tres tipos de discípulos entrarán en las montañas, a una tierra de mérito. Serenos y auto controlados ellos permanecerán contentos así. Sus vidas se harán más largas, los diversos dioses los protegerán y cuidarán de ellos, y el Bodhisattva Chandraprabha (Luz de Luna) aparecerá en el mundo. Ellos serán capaces de reunirse con él, y juntos harán que mi Sendero florezca.
En cincuenta y dos años después de esto, el Sutra de Surangama y el pratyutpanna samadhi (en él se ven a los Budas de las Diez Direcciones) cambiarán de forma prematura y desaparecerán; y poco después las doce divisiones del Canon Mahayana también serán destruidas en su totalidad, y no volverán a aparecer. Los hábitos de los mojes espontáneamente se volverán blancos.
Cuando mi Dharma esté destruido, el proceso será comparable al de una lámpara de aceite, la cual al estar cercano el momento de apagarse, iluminará incluso con más brillo e irradiación, y entonces se extinguirá. Cuando mi Dharma sea destruido, con seguridad será como una lámpara apagándose.
Lo que ocurrirá entonces no es posible describirlo en detalle. Pero varios miles de miríadas de años después de que esto suceda, Maitreya descenderá para ser el Buda en el mundo. Todos los que estén bajo el cielo disfrutarán de paz, prosperidad, e igualdad; los vapores pestilentes serán dispersados y expulsados. Entonces la lluvia volverá a ser apropiada, y los cinco granos crecerán y florecerán. Los árboles crecerán altos, y los hombres medirán ochenta pies de altura (25m). Todos ellos vivirán ochenta y cuatro mil años. Es imposible el contar cuantos seres vicos serán capaces de salvarse.”
El sabio y respetable Ananda le prestó obediencia, y le dijo al Buda: “¿Cómo debemos de llamar a este Sutra? ¿Cómo ha de ser venerado y practicado?”
El Buda le dijo a Ananda: “El nombre de este Sutra es “La Total Extinción del Dharma”. Propagadlo a todos; deberíais de hacer que todos tuvieran una comprensión clara y completa de él. Los méritos de sus realizaciones son ilimitados, y no pueden ser contados.”
Los cuatro tipos de discípulos oyeron el Sutra; golpeados por el dolor y tristes, todos ellos hicieron voto de alcanzar la Suprema Iluminación. Todos prestaron obediencia al Buda, y partieron.
Trad. al castellano por el ignorante y falto de devoción upasaka Losang Gyatso.
martes, 24 de julio de 2012
Samajivina Sutta ( Armonía en el Matrimonio)
viernes, 13 de julio de 2012
Sutra de las Diez Acciones Virtuosas.
martes, 10 de julio de 2012
La Profecía del Emperador Ashoka.
Esto he oído: cierta vez el Iluminado estaba residiendo en la ciudad de Sravasti, en el Monasterio de Jetavana, en el Parque de Anathapindika. En una ocasión, cuando el Buda y Ananda habían ido a hacer la ronda de limosnas, había algunos niños jugando en el borde del camino; construyendo casas del tesoro de juguete. Uno de los niños, viendo aproximarse al Buda se regocijó, y pensando que adquiriría mérito, cogió un puñado de tierra, e intentó dárselo al Buda; pero puesto que era tan pequeño, no pudo alcanzar la escudilla de las limosnas, y le pidió a otro niño que lo izara sobre sus hombros. El chico hizo esto, y cuando el Buda bajó su cuenco, él arrojó su puñado de tierra dentro de la escudilla de las limosnas. El Buda lo aceptó, y entregándole el cuenco a Ananda, dijo: “Lleva esta tierra al monasterio, y espárcela. Ananda, cien años después de que yo haya alcanzado el Paranirvana, este niñito, en virtud de haberme hecho una ofrenda con gran alegría, y en virtud de haber sido esparcida en el monasterio, renacerá como el Emperador Ashoka. El niño que le aupó sobre sus hombros, renacerá como su ministro. El emperador gobernará sobre toda India, y hará conocer a todos las bendiciones de las Tres Joyas. El venerará mis reliquias erigiendo ochenta y cuatro mil estupas.”
Ananda, lleno de regocijo, lo creyó, y le preguntó al Buda: “Señor, ¿Debido a haber realizado qué virtudes serán erigidas tantas estupas para las reliquias del Tathagata?”
El Buda respondió: “Escucha con atención Ananda, y guárdalo bien en tú mente. En edades muy lejanas, hubo un rey en esta tierra de Jambudvipa llamado Vidente Claro, el cual tenía ochenta y cuatro mil reyes menores que eran súbditos suyos. En aquel tiempo, el Buda Bursa había ido a dicho mundo, y el rey y sus ministros prepararon las cuatro necesidades, y se las ofrecieron al Buda y a la Sangha. Aunque el rey y toda su gente constantemente honraban al Buda y le hacían ofrendas, los reyes subordinados no conseguían virtud de esta forma. Para que estos reyes, y el común de la gente pudiera aprender el Dharma, el rey pensó en tener una imagen de Buda pintada para mandárselas a cada uno de ellos. El mandó llamar a todos sus artistas juntándolos, y les ordenó que pintaran una imagen perfecta del Buda. Cuando los artistas estuvieron ante el Buda y vieron sus señales, fueron incapaces de reproducirlas. Por consiguiente, el propio Buda preparó los colores, pintó su propia imagen, y se la dio a ellos.
A partir de esa imagen, los artistas hicieron ochenta y cuatro mil, y el rey se las envió a los reyes subordinados junto con la siguiente proclama: “¡Nobles reyes, y pueblo! Honrad estas imágenes del Señor con flores e incienso; y hacedles ofrendas de las cosas necesarias.”
Cuando la gente vio aquellas imágenes del Tathagata se regocijaron, tuvieron fe, y las honraron.
Ananda, en aquel tiempo, yo era ese rey; puesto que yo tuve las ochenta y cuatro mil imágenes del Tathagata, y se las di a aquellos reyes subordinados, siempre que renací, yo fui Indra, el gobernante de los dioses más elevados.
Ahora yo he alcanzado la Budeidad, y estoy dotado con las treinta y dos marcas de un gran ser; y con las ochenta marcas de perfección secundarias, y cuando alcance mi Paranirvana, serán construidas ochenta y cuatro mil estupas para mis reliquias.”
Cuando el Buda terminó de pronunciar estas palabras, Ananda y toda la gran asamblea se alegraron, y regocijaron.
Trad. por el ignorante y falto de devoción upasaka Losang Gyatso.
miércoles, 4 de julio de 2012
La Monja Utpala.
Esto he oído: cierta vez el Buda estaba residiendo en la ciudad de Sravasti, en el Monasterio de Jetavana, en el Parque de Anathapindika.
Tras la muerte del Rey Prasenajit, su hijo Vaidurya ascendió al trono. Debido a que los reyes vasallos no reinaban gobernando de acuerdo al Dharma, fueron incontables los matados siendo pisados por elefantes (una forma de ejecución). Muchas mujeres de las castas más elevadas, viendo esto, abandonaron la vida mundana, y se hicieron monjas. Algunas de estas mujeres eran del clan de los Sakya y de la familia real, y eran agradables y bellas más allá de toda comparación. Cuando quinientas de estas mujeres abandonaron el deseo y el placer, y se unieron a la Sangha, toda la gente del país se alegró, y contribuyeron para cubrir sus necesidades.
Una vez, estas monjas se dijeron unas a otras: “Aunque hemos tomado los votos, aún no hemos degustado el aroma del Dharma; no hemos abandonado el apego, el odio, o la ignorancia, y esto es un error. Vayamos a la monja Prajapati, y escuchemos el Dharma.”
Entonces se dirigieron a dónde se encontraba la monja Prajapati, se postraron ante ella, y le dijeron: “Hermana, cuando fuimos ordenadas no probamos el néctar del Dharma. Te imploramos que nos lo des tú.”
La monja Prajapati les respondió: “Todas vosotras sois de las castas más elevadas y tenéis los siete tesoros: elefantes, caballos, ministros, hombres y mujeres sirvientes, campos de cultivo, y riquezas. ¿Por qué abandonasteis todo esto, cuando sois incapaces de separaros de los placeres debido a los engaños, como hice yo, y de entrar en la enseñanza? Vosotras haríais mejor en volver a vuestros hogares, y disfrutar con vuestros maridos e hijos, y ser felices durante esta vida.”
Cuando oyeron esto, las mujeres lloraron, y se marcharon. Entonces fueron a una monja llamada Utpala, se postraron ante ella, le preguntaron por su salud, y le dijeron: “Hermana, aunque hemos renunciado al mundo y nos hemos hecho monjas, nosotras aún estamos encadenadas por el deseo y el placer, y somos incapaces de liberarnos de las impurezas. Te imploramos, hermana, que nos instruyas en el Supremo Dharma.”
La monja Utpala les dijo: “Preguntad cualquier cosa que deseéis respecto al pasado, presente, o futuro, y yo os lo contaré.”
Las monjas le respondieron: “Hermana, dejemos el pasado y el futuro por el momento; te suplicamos que nos enseñes el Dharma del presente, y que elimines nuestras dudas.”
La monja Utpala dijo: “El apego es como el fuego. Incluso ríos y montañas son consumidos por él, y eventualmente lo quema todo como si fuera hierba. A través del poder del apego, uno hace daño a los demás, y debido a ello cae en los tres malos renacimientos, y entonces no hay medios para alcanzar la liberación. Cuando una mujer se casa, ella verdaderamente está sujeta al sufrimiento. Si ella se ve separada de su marido, siente pesar. El nacimiento, la enfermedad, la vejez, la muerte, y el castigo del rey, todas ellas son miserias que no se pueden mitigar. Si cuando alguien muere renace en el infierno, eso también es un sufrimiento sin fin. Para una persona casada hay poca felicidad, y mucho dolor.
Mis padres eran mendicantes, aunque pertenecían a una casta alta. Ellos me casaron con un mendicante, un hombre sabio e inteligente, alguien que había oído muchas enseñanzas, y tuvimos un hijo. Más tarde, cuando los padres de mi esposo murieron, yo volví a quedar encinta. Cuando se fue acercando el momento del nacimiento del niño, yo le dije a mi marido que deseaba volver a casa de mis padres, y tener al niño allí. Mi marido aceptó, y los tres nos pusimos en marcha. Cuando llegamos a la Provincia Central, mis dolores de parto comenzaron. Llegue a sentirme mal, y me acosté bajo un árbol, dando a luz a medianoche. Mi marido estaba durmiendo a una cierta distancia. Durante la noche, él fue mordido por una serpiente venenosa. Y fue incapaz de pedir ayuda. Por la mañana, justo al amanecer, yo lo encontré muerto, con su cuerpo ya comenzando a desintegrarse. Yo me desmayé, pero mi hijo, al ver a su padre tirado allí muerto, empezó a gritar. Sus gritos me devolvieron a la consciencia. Me levanté, puse a mi hijo mayor a mi espalda, llevando al bebé junto a mi pecho, y llorando porque ahora ya no tenía a mi querido esposo, nos fuimos. Pasamos a través de un desolado yermo y llegamos a un profundo y ancho rio. Incapaz de llevar conmigo a los dos niños al mismo tiempo, dejé al niño mayor en la orilla, y puse sobre mí al bebé. Entonces, cuando yo volvía para coger al primero de los niños, él saltó al agua tan pronto como me vio, y fue arrastrado por la corriente. Cuando volví a la otra orilla encontré que un lobo se había comido a mi bebé, y que su sangre aún estaba en el suelo.
Yo comencé a andar sola, y durante el trayecto me encontré en el camino a un mendicante que era pariente nuestro. Me preguntó a dónde iba, y por qué estaba viajando sola. Cuando yo le pregunté acerca de mis padres, él dijo: “La casa de tus padres ha sido derruida por un incendio, y toda la gente que vivía allí murió quemada viva. Tus padres ya no están entre los vivos.”
Yo me desmayé después de oir esto, pero mi pariente me ayudó a ponerme en pie, y me llevó a su casa, donde me cuidó con gran cariño, como si fuera su propia hija. Yo viví allí felizmente durante un tiempo; entonces un mendicante me pidió matrimonio. Yo me casé con él, y éramos felices. Yo me quedé encinta otra vez, y cuando llegó la hora de alumbrar al niño, mi marido se fue a un festival. Yo cerré la puerta, y estaba sentada con los dolores del parto cuando mi marido regresó borracho, el llamó a la puerta, y como nadie fue a abrir, derribó la puerta, entró, y comenzó a golpearme. Cuando yo grité: “¡No me golpees!¿No ves que estoy pariendo un hijo?”, el se puso aún más furioso. Mató al bebé que había acabado de nacer, lo frió en aceite, y me hizo comerlo, aunque yo protestaba que no podía comer la carne de mi propio hijo. Más tarde lo abandoné, y me marché a Benarés.
Mientras estaba sentada bajo un árbol en las afueras de Benarés, un grupo de personas pasó llevando el cuerpo de la esposa de un joven cabeza de familia. Mientras el cabeza de familia estaba sentado llorando por su esposa a la que estaba muy apegado, me vio, y se dirigió a mí con estas palabras:” Mujer, ¿cuál es la razón por la que estás sentada aquí sola?”
Yo le conté todo lo que había sucedido, y el dijo: “Tú y yo seremos hombre y mujer.” Yo acepté, nos casamos, y no mucho después él murió. En aquel lugar era costumbre que cuando el marido fallecía, su esposa era abandonada con su cuerpo, y era enterrada con él. Durante la noche, un ladrón vino a robar las pertenencias del cuerpo del difunto, y mientras escavaba en la tumba, me encontró a mí, y me cogió para él.
El fue capturado mientras estaba robando, y fue ejecutado por orden del rey. Entonces sus hermanos me enterraron en tierra, junto con su cuerpo. Tres días más tarde, un lobo me desenterró, y pude escapar. Entonces yo pensé: “¿Debido a qué malas acciones pasadas yo me encuentro con el desastre tantas veces, y sin embargo de alguna forma me recobro? Yo he oído que un hijo de los Sakyas a alcanzado la iluminación. El es llamado el Buda, y es famoso por conocer el pasado y el futuro. Iré a él, y él me salvará.”
Entonces yo me dirigí al Parque de Anathapindika, y desde la distancia vi al Buda sentado como si fuera un árbol en plena floración, como la Luna llena en medio de muchas estrellas. Y el Buda, que con su omnisciencia, sabía que yo había ido para ser convertida, se levantó, y me dijo: “Ven”
Yo estaba turbada y avergonzada, y abrochando mi pecho, me senté en el suelo. Entonces el Buda le dijo a Ananda: “Ananda, viste a esta mujer con tu propio hábito”
Ananda me dio su hábito, y yo lo puse, me postré a los pies del Buda, junté mis manos, y dije: “Señor, por tu gran compasión, ordéname”
El Buda le dijo a Ananda: “Ananda, esta mujer va a ser ordenada monja. Llévala a la monja Prajapati”
Cuando la monja Prajapati me ordenó, y me enseño la Doctrina de las Cuatro Nobles Verdades, yo rápidamente la apliqué, y alcancé el fruto de un Arhat, y ahora conozco todas las cosas del pasado, del presente, y de futuro.”
Entonces las monjas le preguntaron: “Hermana, ¿Habiendo hecho qué tipo de acciones has cosechado tal fruto?”
Utpala dijo: “Escuchad bien todas vosotras, y guardadlo en vuestra mente, que yo os lo explicaré. En épocas pasadas, había un hombre muy rico, a quien al no haberle nacido ningún hijo con su primera esposa, se casó de nuevo, y esta segunda esposa pronto le dio un hijo. El padre y la madre amaban al niño, y lo cuidaban con gran ternura.
La primera esposa pensó: “Aunque mi familia es de una casta elevada, no hay ningún hijo que la continúe. Cuando este chico crezca, él heredará toda la propiedad, no me dará nada, y yo estaré en la miseria.”
Con estos pensamientos de malicia y de deseo de mal surgiendo en su mente, ella decidió matar al niño. Cogiendo una aguja, ella perforó la parte blanda de su cabeza, y pronto el niño murió. Puesto que no había marcas, nadie sabía lo que había sucedido, pero la segunda esposa la acusó de haber matado a su bebé.
La primera esposa solemnemente juró: “Si yo he matado a tu hijo, ¡Que en mis vidas futuras, puedan mis maridos ser mordidos por serpientes venenosas! Si yo tengo un hijo, ¡Que pueda él ser devorado por un lobo! ¡Que pueda yo ser enterrada viva, y comer la carne de mi propio hijo! ¡Que puedan mi padre y mi madre ser quemados vivos dentro de su propia casa! Yo fui esa primera esposa que hizo ese juramento en aquellos tiempos, y ahora todos los malos karmas de aquel juramento han fructificado.”
Entonces las monjas le preguntaron: “Hermana, ¿Debido a ejecutar qué tipos de acciones virtuosas te ha dado la bienvenida y ordenado el Buda, y has alcanzado ahora el fin del samsara?”
Utpala respondió: “Hace mucho tiempo, en la tierra de Benarés, había una montaña llamada El Lugar de Reunión de los Sabios Renunciantes, en la que vivían muchos Pratyekabuddhas, Shravakas, y aquellos dotados de poderes espirituales. En cierta ocasión, cuando un Pratyekabuddha había ido a la ciudad en busca de limosnas, la esposa de un cabeza de familia lo vio, se regocijó, y le ofreció comida. A continuación, el Pratyekabuddha se elevó en el cielo, y de su cuerpo surgía luz y manaba agua, y andaba, se sentaba, y se acostaba en el cielo, exhibiendo muchos poderes.
La esposa del cabeza de familia hizo un voto:”Ah, Santo, ¡Que en el futuro pueda yo llegar a ser como tú!”
Era yo quien hizo aquel voto en aquellos tiempos, y ha sido gracias al poder de ese voto por lo que yo he encontrado al Buda ahora, y mi mente ha sido liberada. Pero antes de que yo lograra el fruto del Arhat, yo he soportado sufrimientos como si hubiera sido traspasada desde lo alto de mi cabeza, hasta las suelas de mis pies, por un cincel de hierro al rojo vivo”
Cuando las quinientas monjas escucharon esto, comprendieron que el deseo y el placer son como hoyos llenos de fuego, y sus pensamientos de apego cesaron. Comprendieron que los sufrimientos de la vida matrimonial son como una prisión, y cortaron con ella. Sus impurezas cesaron, y cuando entraron en el samadhi de los tres tiempos, ellas se convirtieron en Arhats.
Entonces las monjas, al unísono, le dijeron a la monja Utpala: “Porque tú nos has enseñado el Dharma a nosotras, a nosotras que estábamos completamente encadenadas por el apego, nosotras hemos alcanzado el fin del ciclo de nacimiento y muerte. Te alabamos y te damos las gracias. Cuando uno enseña el Dharma a los demás, y el fruto es realizado, verdaderamente uno llega a ser el hijo, o la hija de los Budas.”
Trad. por el ignorante y falto de devoción upasaka Losang Gyatso.
martes, 3 de julio de 2012
El Primer Surgir de la Compasión en el Buda.
Esto he oído: cierta vez el Buda estaba residiendo en la ciudad de Sravasti, en el Monasterio de Jetavana, en Jardín de Anathapindika. Una vez, cuando los monjes salieron del retiro de verano, se acercaron a dónde se encontraba el Buda, se postraron ante él, y le preguntaron por su salud y bienestar. Cuando el Buda, con una mente de gran compasión, les preguntó a los monjes con gran amor e interés sobre su salud, Ananda dijo: “Señor, ¿desde cuando has tenido semejante amor y compasión por los monjes?”
A ello el Buda respondió: “Ananda, si deseas saber esto, escucha. Hace mucho tiempo, hace muchos eones, un hombre lleno de faltas había nacido en el infierno. Los Yamas, los guardianes del inferno lo uncieron a un carro, y lo hacían tirar de él de un lado a otro sin descanso, golpeándolo con un martillo de hierro. El carro era demasiado pesado para que el hombre tirara de él, y ellos lo golpeaban con sus martillos hasta causarle la muerte, tras lo que volvían a traerle a la vida. Un amigo del hombre lo vio intentando tirar del pesado carro, y el amor y la compasión surgieron en su mente. Se dirigió a los Yamas, y les dijo: “Yo solo, liberaré a ese hombre al que habéis uncido a ese carro.”
Los Yamas se enfurecieron, y golpearon al hombre con sus martillos hasta la muerte; y entonces él renació entre los dioses de los Treinta y Tres.
Ananda, yo era ese hombre que generó esa mente de amor y compasión mientras estaba en el infierno, y desde entonces yo he estado dotado con una mente compasiva hacia todos los seres sintientes.”
Cuando Ananda, y toda la gran asamblea oyeron las palabras del Buda, se regocijaron y creyeron en ellas.
Trad. por el ignorante y falto de devoción upasaka Losang Gyatso.