jueves, 21 de junio de 2012

Sutra a Singala (Singala Sutta) El Chacal.

Cierta vez el Buda estaba morando en Savatthi; entonces se dirigió a los monjes diciendo: “¡Monjes! Las ganancias, ofrendas, y la fama son una cosa cruel; un obstáculo duro y amargo para el logro de la insuperable liberación.

¿Habéis oído al chacal aullando a últimas horas de la noche?”

Los monjes respondieron: “Sí, Señor”

El Buda prosiguió: “Ese chacal está sufriendo de sarna. No encuentra placer tanto que vaya a un risco, esté al pie de un árbol, o al aire libre. Dondequiera que vaya, dondequiera que esté de pie, o sentado, o tumbado, está hundido en la miseria.

De la misma forma, existe el caso en el que cierto monje está conquistado por las ganancias, las ofrendas, y por la fama, y su mente está consumida. No encuentra placer tanto que vaya a un lugar solitario, o al pie de un árbol, o al aire libre. Dondequiera que vaya, dondequiera que esté de pie, dondequiera que se siente, o dondequiera que se acueste, él está hundido en la miseria. Así es como son de crueles las ganancias, las ofrendas, y la fama: son un duro y amargo obstáculo para el logro de la Insuperable liberación.

Por lo tanto, deberíais de entrenaros así: “Nosotros dejaremos cualquier ganancia, ofrenda, y fama que nos aparezcan; y no permitiremos que cualquier ganancia, ofrenda, y fama que nos aparezcan tengan consumidas a nuestras mentes. Así es como debierais de entrenaros”

 

Traducido del Pali por el Bhikkhu Thanissaro.

 

Trad. al castellano por el ignorante y falto de devoción upasaka Losang Gyatso.

 

sábado, 16 de junio de 2012

Jataka Nº 322 El Sonido que Oyó la Liebre. (Duddubha Jataka)

Una mañana, mientras algunos monjes estaban haciendo su ronda de limosnas en Savatthi, pasaron junto a varios ascetas de diferentes sectas que estaban practicando austeridades. Algunos de ellos estaban totalmente desnudos, y se acostaban sobre espinas. Otros se sentaban en torno a un ardiente fuego bajo el calor abrasador del Sol.
Más tarde, mientras los monjes estaban hablando de los ascetas, ellos le preguntaron al Buda: “Señor, ¿Hay alguna virtud en aquellas prácticas ascéticas tan extremadas?”
El Buda les respondió: “No monjes, no hay ni virtud, ni ningún mérito especial en ellas. Cuando son examinadas y comprobadas, son como un sendero sobre un estercolero, o como el sonido que oyó la liebre.”
Perplejos, los monjes dijeron: “Señor, nosotros no sabemos nada de ese sonido. Por favor, dinos que fue.”
Ante su petición, el Buda les contó esta historia del remoto pasado.
Hace mucho, mucho tiempo, cuando Brahmadatta estaba reinando en Varanasi, el Bodhisattva nació como un león en un bosque, cerca del Océano Occidental. En una parte de ese bosque había una arboleda de palmas que estaba mezclada con árboles de belli. En esa arboleda vivía una liebre bajo un arbolito de palma, a los pies de un árbol de belli.
Un día la liebre se encontraba bajo el joven árbol de palma, pensando ociosamente: “Si esta tierra fuese destruida, ¿Qué me pasaría a mí?”
En aquél mismo instante, sucedió que cayó un fruto maduro del árbol de belli, y golpeó la hoja de palma haciendo un fuerte “¡THUD!”
Asustada con este sonido, la liebre brincó, y exclamó: “¡La tierra se está colapsando!” E inmediatamente huyó, sin ni tan siquiera echar una mirada hacia atrás.
Otra liebre, viéndola pasar corriendo para salvar su vida, le preguntó: “¿Qué va mal?”, y también comenzó a correr.
“¡No preguntes!” jadeó la primera. Esto alarmó aún más a la segunda, y aceleró para seguirla.
“¿Qué va mal?” preguntó de nuevo.
Parando tan solo un momento, la primera de las liebres exclamó: “¡La Tierra se está rompiendo!”. Ante esto, las dos escaparon juntas.
Su miedo era contagioso, y otras liebres se les unieron hasta que todas las liebres de aquel bosque huyeron juntas. Cuando otros animales vieron la conmoción y preguntaron acerca de qué iba mal, ellas con la respiración entrecortada les decían:”¡La Tierra se está destruyendo!”, y entonces ellos también comenzaban a correr para salvar sus vidas. De esta forma, a las liebres pronto se les unieron rebaños de ciervos, de jabalíes, de alces, de búfalos, de toros salvajes, y también rinocerontes, una familia de tigres, y algunos elefantes.
Cuando el león vio esta amplia estampida de animales, y oyó la causa de esta huida, pensó: “Verdaderamente, la Tierra no se está acabando. Tiene que haber sido algún sonido que ellos han interpretado mal. Si yo no actúo con rapidez, ellos morirán. ¡Tengo que salvarlos!”
Entonces, corriendo tan rápido como solo él podía correr, se puso frente a ellos, y rugió tres veces. Ante el sonido de su poderosa voz, todos los animales se pararon donde estaban. Jadeantes, juntos temblaban de miedo. El león se acercó, y les preguntó por qué estaban corriendo.
Ellos le respondieron: “¡Se está colapsando la Tierra!”
“¿Quién la vio colapsarse?” preguntó el león.
Algunos animales contestaron: “Los elefantes saben todo al respecto.”
Cuando les preguntó a los elefantes, ellos dijeron: “Nosotros no sabemos nada. Los tigres lo saben.”
Los tigres dijeron: “Los rinocerontes lo saben.” Los rinocerontes dijeron: “Los toros salvajes lo saben.” Los toros salvajes dijeron: “Los búfalos lo saben.” Los búfalos dijeron: “Los alces lo saben.” Los alces dijeron: “Los jabalíes lo saben.” Los jabalíes dijeron: “Los ciervos lo saben.” Los ciervos dijeron: “Las liebres lo saben.”
Entonces cuando les preguntó a las liebres, ellas le indicaron una en particular, y dijeron: “Esta nos lo contará.”
El león le preguntó: “Señor,¿ es verdad que la tierra se está rompiendo?”
La liebre dijo: “Sí ,señor. Yo lo vi”
El león volvió a preguntar: “¿Dónde estabas cuando lo viste?”
La liebre contestó: “En el bosque, en una arboleda de palmas mezclada con árboles de belli. Yo estaba tumbado bajo una palma, a los pies de un árbol de belli, pensando: “Si esta tierra fuese destruida ,¿qué sería de mí?” En ese mismo instante oí el sonido de la tierra rompiéndose, y huí”
Tras escuchar esta explicación, el león se dio cuenta exactamente de lo que había sucedido realmente, pero quiso verificar sus conclusiones, y demostrar la verdad a los demás animales.
El gentilmente logró calmar a los animales, y les dijo: “Yo cogeré a la liebre, y juntos iremos a ver si la tierra se está acabando o no dónde él dice que lo está. Hasta que volvamos, esperad aquí.”
Colocando a la liebre sobre su espalda de color ámbar, él corrió a toda velocidad de vuelta hacia ese bosque. Entonces posó a la liebre y le dijo: “Vamos, muéstrame el lugar que tú dices”
La liebre contestó: “No me atrevo, señor.”
“No temas” dijo el león.
La liebre, temblando de miedo, no quería arriesgarse a ir cerca del árbol de belli. El solo podía apuntar, y decir: “Hacia allí, señor, es el lugar del terrible sonido.”
El león fue hacia el lugar que le indicó la liebre. Pudo ver el lugar en el que la liebre estuvo tumbada sobre la hierba, y vio el fruto maduro de belli que había caído en la hoja de palma. Habiéndose asegurado cuidadosamente de que la tierra no se estaba rompiendo, subió de nuevo a la liebre sobre su espalda, y volvieron a dónde estaban esperando los animales.
Les dijo lo que había encontrado, y dijo: “No tengáis miedo.” Ya confiados, todos los animales volvieron a sus lugares habituales, y reasumieron sus habituales rutinas.
Aquellos animales se habían puesto ellos mismos en un gran peligro porque ellos escucharon rumores y miedos infundados, en vez de intentar encontrar ellos mismos la verdad. Verdaderamente, de no haber sido por el león, aquellas bestias se habrían precipitado al mar, y perecido. Fue solo debido a la sabiduría y compasión del Bodhisattva por lo que ellos escaparon de la muerte.
Tras concluir la historia, el Buda identificó el nacimiento: “En aquel tiempo, yo era el león”



Trad, por el ignorante y falto de devoción upasaka Losang Gyatso.

miércoles, 13 de junio de 2012

Jataka Nº 190 Un Buen Amigo (Silanisamsa Jataka)

El Buda contó esta historia referente a un piadoso seguidor laico estando en el Monasterio de Jetavana.

Una mañana, cuando este discípulo lleno de fe llegó a las orillas del Rio Aciravati, en su camino hacia Jetavana a dónde se dirigía para escuchar al Buda, se encontró con que no había barcas en el punto de embarque. Los barqueros habían llevado sus barcas hacia la otra orilla, que estaba muy lejana, y ellos también se habían marchado para escuchar al Buda. La mente del discípulo estaba tan absorta y llena de deleitosos pensamientos acerca del Buda, que aunque se puso a caminar por el río, sus pies no se hundían bajo la superficie y andaba a través del agua como si fuera sobre tierra seca. Sin embargo, cuando se dio cuenta de las olas al alcanzar la mitad del rio, su éxtasis aminoró, y sus pies comenzaron a hundirse. Pero tan pronto como concentró su mente en las cualidades del Buda, sus pies se elevaron, y fue capaz de seguir lleno de gozo caminando sobre las aguas.

Cuando llegó a Jetavana, él le rindió sus respetos al Maestro, y se sentó a un lado.

El Buda dijo dirigiéndose al discípulo: “Buen laico, espero que no hayas tenido contratiempos en tú camino.”

El discípulo respondió: “Venerable Señor, mientras venía hacia acá, yo estaba tan absorto en pensamientos sobre el Buda que cuando llegué al rio, fui capaz de andar a través de él lo mismo que si fuera sólido.”

Entonces el Buda dijo: “Amigo mío, tú no eres el único que ha sido protegido de esta forma. En tiempos remotos, unos piadosos laicos fueron recogidos por un barco en medio del océano, y ellos se salvaron gracias al recordar las virtudes de un Buda.”

Entonces, a requerimiento del hombre, el Buda contó esta historia del pasado.

Hace mucho, mucho tiempo, en la época del Buda Kassapa, un discípulo laico que ya había entrado en el sendero, compró un pasaje en un barco junto con uno de sus amigos, un rico barbero. La esposa del barbero le pidió a este discípulo que cuidara de su marido.

Una semana después de que el barco abandonara el puerto, se hundió en medio del océano. Los dos amigos se salvaron al poder cogerse a una tabla, y finalmente fueron arrastrados hasta una isla desierta. Hambriento, el barbero mató algunos pájaros, los cocinó, y ofreció una parte de su comida al seguidor del Buda.

Él le contestó: “No, gracias. Estoy bien.”

Entonces comenzó a pensar para sí: “En este lugar tan solitario, no tenemos ayuda ninguna salvo la de las Tres Joyas.”

Cómo se sentó a meditar en las Tres Joyas, un rey Naga que había nacido en esa isla, se transformó en un hermoso barco lleno de las siete cosas preciosas. Los tres mástiles estaban hechos de zafiro, las tablas y el ancla eran de oro, y las cuerdas de plata.

El timonel, que era un espíritu del mar, se levantó en cubierta y gritó: “¿Hay algún pasajero para India?”

El discípulo contestó: “Sí, ahí es donde vivimos”

“Pues entonces, sube a bordo” dijo el espíritu.

El hombre se agarró para subir a bordo del hermoso navío, y se volvió para llamar a su amigo el barbero.

Entonces el espíritu del mar le dijo: “Tú sí que puedes venir, pero él no”

“¿Y por qué no?”  preguntó el discípulo.

El espíritu le contestó: “Porque él no lleva una vida de virtud. Yo traje este barco para ti, pero no para él.”

Ante esto, el laico le anunció: “En ese caso, todos los regalos que yo he dado, todas las virtudes que yo he practicado, todos los poderes que yo he desarrollado, de todos ellos le doy el  fruto a él.”

“¡Gracias, Maestro!” sollozó el barbero.

“Muy bien, podéis subir los dos a bordo” les dijo el espíritu.

El barco transportó a los dos hombres a través del mar, y remontó el Rio Ganges. Tras dejarlos sanos y salvos en su hogar en Varanasi, el espíritu del mar utilizó su poder mágico para crear una inmensa riqueza para ambos. Entonces, elevándose en el aire, instruyó a los hombres y a sus amigos: “Buscad la compañía del sabio y del bueno. Si este barbero no hubiera estado en compañía de este piadoso laico, habría perecido en el medio del océano.”

Finalmente, el espíritu del mar volvió a sus dominios, llevando con él al rey Naga.

Tras finalizar este discurso, el Buda identificó el nacimiento, y enseñó el Dharma, tras lo cual el piadoso laico entró en el fruto del segundo Camino.

El Buda dijo: “En aquella ocasión, el discípulo alcanzó el estado de Arhat. Shariputra era el rey Naga, y yo era el espíritu del mar.”

 

 

Trad. por el ignorante y falto de devoción upasaka Losang Gyatso.

 

domingo, 10 de junio de 2012

Maranassati sutta- Ser Consciente de la Muerte

Esto he oído.

En una ocasión el Bendito estaba en Nadika, en el Salón de Ladrillos. Allí se dirigió a los monjes: “¡Monjes!”

“Sí, Señor” replicaron los monjes.

Entonces el Bendito les dijo: “El ser consciente de la muerte, cuando ha sido desarrollado y perseguido, proporciona un gran fruto y un gran beneficio. Se pone un pie en la inmortalidad, y tiene a la inmortalidad como su destino final. Por lo tanto, deberíais de desarrollar el ser conscientes de la muerte”

Cuando esto fue pronunciado, cierto monje se dirigió al Bendito diciendo: “Yo ya desarrollo el ser consciente de la muerte”

“¿Y cómo desarrollas el ser consciente de la muerte?” preguntó el Bendito al monje.

El monje respondió: “Yo pienso:”Oh, que pueda yo vivir durante un día y una noche, que pueda yo asistir a las instrucciones del Bendito. Yo tendría mucho hecho.” Así es como yo desarrollo el ser consciente de la muerte”.

Entonces otro monje se dirigió al Bendito diciendo: “Yo también ya desarrollo el ser consciente de la muerte.”

“¿Y cómo desarrollas el ser consciente de la muerte?” le preguntó el Bendito.

El monje respondió: “Yo pienso:”Oh, que pueda yo vivir durante un día, que pueda yo asistir a las instrucciones del Bendito. Yo tendría mucho hecho.” Así es como yo desarrollo el ser consciente de la muerte.”

Entonces otro monje se dirigió al Bendito diciendo: “Yo también ya desarrollo el ser consciente de la muerte.”

“¿Y cómo desarrollas el ser consciente de la muerte?” preguntó el Bendito.

El monje respondió: “Yo pienso: “Oh, que pueda yo vivir durante el intervalo que lleva el comer una comida, que pueda yo asistir a las instrucciones del Bendito. Yo tendría mucho hecho.” Así es como yo desarrollo el ser consciente de la muerte.”

Entonces otro monje se dirigió al Bendito diciendo: “Yo también ya desarrollo el ser consciente de la muerte”

“¿Y cómo desarrollas el ser consciente de la muerte?” preguntó el Bendito.

El monje respondió: “Yo pienso: “Oh, que pueda yo vivir durante el intervalo que lleva el engullir, tras masticarlos, cuatro pedazos de comida; que pueda yo asistir a las instrucciones del Bendito. Yo tendría mucho hecho.” Así es como yo desarrollo el ser consciente de la muerte.”

Entonces otro monje se dirigió al Bendito diciendo: “Yo también ya desarrollo el ser consciente de la muerte”

“¿Y cómo desarrollas el ser consciente de la muerte?” preguntó el Bendito.

El monje respondió: “Yo pienso: “Oh, que pueda yo vivir durante el intervalo que lleva el engullir, tras masticarlo, un pedazo de comida; que pueda yo asistir a las instrucciones del Bendito. Yo tendría mucho hecho.” Así es como yo desarrollo el ser consciente de la muerte.”

Entonces otro monje de dirigió al Bendito diciendo: “Yo también ya desarrollo el ser consciente de la muerte.”

“¿Y cómo desarrollas el ser consciente de la muerte?” preguntó el Bendito.

El monje respondió: “Yo pienso: “Oh, que pueda yo vivir durante el intervalo que lleva el expirar, tras inspirar; o el inspirar tras expirar; que pueda yo asistir a las instrucciones del Bendito. Yo tendría mucho hecho.” Así es como yo desarrollo el ser consciente de la muerte”

Tras ser dicho todo esto, el Bendito se dirigió a los monjes diciendo:”Quien desarrolle el ser consciente de la muerte pensando: “Oh, que pueda yo vivir durante un día y una noche……., durante un día…, durante el intervalo que lleva el comer una comida…; durante el intervalo que lleva el engullir, tras masticarlos, cuatro pedazos de comida, que pueda yo asistir a las instrucciones del Bendito. Yo tendría mucho hecho.”; de todos ellos se ha dicho que permanecen en la falta de atención. Ellos desarrollan el ser conscientes de la muerte lentamente para el propósito de acabar con los residuos.

Pero aquellos que desarrollan el ser conscientes de la muerte pensando: “Oh, que pueda yo vivir durante el intervalo que lleva el engullir, tras haberlo masticado, un pedazo de comida…; durante el intervalo que lleva el expirar tras inspirar; o el inspirar tras expirar, que pueda yo asistir a las instrucciones del Bendito. Yo tendría mucho hecho.” De ellos se dice que permanecen en la atención consciente. Ellos desarrollan el ser conscientes de la muerte sagazmente para el propósito de acabar con los residuos.

Por consiguiente, deberíais entrenaros pensando: “Nosotros permaneceremos atentos. Desarrollaremos el ser conscientes de la muerte sagazmente, para el propósito de acabar con los residuos” Así es cómo deberíais de entrenaros.”

 

Esto fue lo que dijo el Bendito. Contentos, los monjes se deleitaron en las palabras del Bendito.

 

 

Traducido del Pali por el Bhikkhu (monje) Thanissaro.

 

Trad. al castellano por el Ignorante y falto de devoción upasaka Losang Gyatso.

 

 

 

 

 

Jataka Nº 512 El Quinto Precepto (No Tomar intoxicantes) Kumbha Jataka.

Una vez, mientras el Buda permanecía en el Monasterio de Jetavana, en Savatthi, Visakha, que era una rica devota Budista, fue invitada por quinientas mujeres que ella conocía para  asistir a un festival que se celebraba en la ciudad.

Visakha les respondió: “Es un festival para beber. Y yo no bebo”

Ellas les respondieron: “Vale, sigue y hazle una ofrenda al Buda, que nosotras nos divertiremos en el festival”

A la mañana siguiente, Visakha sirvió al Buda y a la Orden de los Monjes en su propia casa, haciendo grandes ofrendas de los cuatro requisitos.

Esa tarde, ella se dirigió a Jetavana para ofrecerle al Buda incienso y hermosas flores, y para escuchar la enseñanza. Aunque las otras mujeres aún estaban bastante bebidas, la acompañaron. Incluso a la misma puerta del monasterio, ellas continuaron bebiendo. Cuando Visakha entró en el salón, ella se postró reverentemente ante el Buda, y se sentó respetuosamente a un lado. En cambio, sus quinientas acompañantes se comportaban de forma inapropiada. De hecho parecía que no sabían dónde se encontraban. Incluso estando frente al Buda algunas de ellas bailaban, otras cantaban, algunas daban tumbos borrachas, y algunas reñían entre sí.

Para inspirar un sentido de urgencia en ellas, el Buda emitió una radiación luminosa de color azul oscuro desde su entrecejo, y de repente todo se volvió oscuro. Las mujeres se sintieron aterrorizadas por el miedo a la muerte, e instantáneamente quedaron sobrias. Entonces el Buda desapareció de su asiento, y apareció de pie sobre la cumbre del Monte Meru. Desde el rizo de pelo blanco de su entrecejo emitió un rayo de luz tan brillante como si mil Lunas y Soles estuvieran brillando.

El Buda les instó: “¿Por qué os reis y disfrutáis, vosotras que siempre sois quemadas, y estáis rodeadas por la oscuridad?¿Por qué no buscáis la luz?”

Las palabras del Buda tocaron sus mentes, que ahora estaban receptivas, y las quinientas mujeres llegaron a “entrar en la corriente”.

Entonces el Buda retornó, y se sentó en su habitación. Visakha se postró ante él una vez más, y le preguntó: “Venerable Señor, ¿Cuál es el origen de esta costumbre de beber alcohol, el cual destruye la modestia de la persona y su sentido de la vergüenza?”

En respuesta a la pregunta de Visakha, el Buda le reveló esta historia de un lejano pasado.

Hace mucho, mucho tiempo, cuando Brahmadatta estaba reinando en Varanasi, un cazador llamado Sura se dirigió hacia el Himalaya desde su hogar, en Kasi, yendo en busca de un gamo. En aquella remota jungla, había un árbol singular, cuyo tronco crecía hasta la altura de un  hombre con sus manos levantadas sobre su cabeza. En ese punto se abrían tres ramas, y en medio de ellas quedaba formado un hueco del tamaño de un gran barril de agua. Cuando llovía, el hueco se llenaba hasta el borde de agua. Alrededor del árbol crecía un ciruelo amargo, un ciruelo agrio, y una viña de pimienta. La fruta madura de los ciruelos y la pimienta caía directamente en el agujero. Cerca de allí había un terreno en el que crecía el arroz silvestre. Los loros arrancaban las espigas del arroz, y se ponían a comerlo en el árbol. Alguna de las semillas caía dentro del agua. Bajo el calor del sol, el líquido en el hueco fermentaba, y llegaba a coger un color rojo sangre.

En la estación cálida, bandadas de pájaros sedientos iban allí a beber. Rápidamente quedaban intoxicados, intentaban elevarse haciendo espirales, solo para caer borrachos a los pies del árbol. Después de dormir un poco de tiempo, se levantaban y marchaban volando, gorgojando alegremente. Una cosa similar sucedía con los monos y otros animales que vivían en los árboles.

El cazador observó todo esto y se preguntó: “¿Qué habrá en el hueco de ese árbol? No puede ser veneno, porque si lo fuera, los pájaros y los animales morirían”.

El bebió algo del líquido, y se sintió intoxicado lo mismo que ellos. Al beber, sintió un fuerte deseo de comer carne. Encendió un pequeño fuego, rompió los cuellos de algunas de las perdices, aves, y de otras criaturas que estaban en el suelo inconscientes al pie del árbol, y los asó sobre las ascuas. Borracho, él gesticulaba con una mano, mientras que con la otra atiborraba su boca.

Mientras estaba comiendo y bebiendo, el recordó a un ermitaño llamado Varuna que vivía cerca de allí. Deseando compartir su descubrimiento con el ermitaño, Sura llenó un tubo de bambú con el licor, envolvió algo de la carne asada, y se dirigió hacia la cabaña de ramas del ermitaño. Tan pronto como llegó, le ofreció al ermitaño algo del brebaje, y ambos comieron y bebieron con gran placer.

El cazador y el ermitaño se dieron cuenta de que esta bebida podría ser la forma de hacer fortuna. Lo metieron dentro de largos tubos de bambú, que llevaban balanceándose en los extremos de unos palos que llevaban sobre sus hombros, y lo llevaron a Kasi. Desde el primer punto de control fronterizo ellos enviaron un mensaje al rey diciendo que los elaboradores de bebida habían llegado. Cuando estuvieron reunidos, cogieron el alcohol y se lo ofrecieron al rey. El rey tomó dos o tres copas, y llegó a estar intoxicado. Después de unos pocos días, él ya había consumido todo lo que los dos hombres habían llevado, y preguntó si quedaba algo más.

“Sí, Señor” contestaron.

“¿Dónde?” preguntó el rey.

“En los Himalayas”

“¡Id y traedlo!” ordenó el rey.

Sura y Varuna volvieron de nuevo al bosque, pero pronto se dieron cuenta del gran problema que era el volver cada vez a las montañas. Tomaron nota de todos los ingredientes, y reunieron todo lo necesario, de forma que fueron capaces de elaborar el licor en la ciudad. Los ciudadanos comenzaron beber el licor, se olvidaron de trabajar, y llegaron a empobrecerse. La ciudad pronto pareció como si fuera una ciudad fantasma.

En aquel momento, los dos hombres se marcharon y llevaron su negocio a Varanasi, dónde ellos enviaron un mensaje al rey. Allí también el rey se unió a ellos, y les ofreció su apoyo. Conforme el hábito de beber se fue extendiendo, los asuntos del día a día se fueron deteriorando, y Varanasi declinó de la misma forma en que lo había hecho Kasi. Sura y Varuna a continuación fueron a Saketa, y tras abandonar Saketa, se dirigieron a Savatthi.

En aquel tiempo, el rey de Savatthi se llamaba Sabbamitta. El les dio la bienvenida a los dos mercaderes, y les preguntó que querían. Ellos pidieron grandes cantidades de los principales ingredientes, y quinientas grandes jarras. Después de que todo había sido combinado, pusieron la mezcla en las jarras, y ataron a un gato a cada una de ellas para protegerlas de las ratas.

Conforme fermentaba, comenzó a rebosar y caer. Sucedió que los gatos lamieron la bebida que rebosaba, y debido a la potente bebida, comenzaron correr cayéndose hacia los lados, y estando completamente intoxicados, se echaron a dormir. Las ratas vinieron, y les mordisquearon orejas, nariz y rabo.

Los hombres del rey estaban impresionados, e informaron al rey de que los gatos atados a las jarras habían muerto al beber el licor que se escapaba.

“Seguramente que estos hombres han hecho veneno” fue la conclusión a la que llegó el rey, e inmediatamente ordenó que fueran decapitados. Cuando Sura y Varuna estaban siendo ejecutados, sus últimas palabras fueron: “¡Señor, es licor! ¡Es delicioso!”

Tras haber dado muerte a los mercaderes de bebida, el rey ordenó que las jarras fueran rotas. Pero para entonces los efectos del alcohol ya habían pasado, y los gatos estaban jugando alegremente. Los guardias informaron de esto al rey.

El rey dijo: “Si hubiera sido veneno, los gatos habrían muerto. Después de todo, quizá sea delicioso. Bebámoslo.”

El rey ordenó que la ciudad fuera decorada, y que se levantara un pabellón en el patio. Se sentó en un trono real bajo un parasol blanco, y rodeado por sus ministros, se preparó para beber.

En aquel momento, Sakra, el rey de los dioses, estaba contemplando el mundo, y se preguntaba: “¿Quién está cuidando de sus padres con dedicación? ¿Quién se está comportando bien con cuerpo, habla y mente?”

Cuando vio al rey sentado en su pabellón real, dispuesto a beber el brebaje, pensó: “Si el Rey Sabbamitta bebe eso, todo el mundo será  destruido. Tengo que asegurarme de que no lo beba.”

Al instante Sakra adoptó la forma de un Brahmín y, llevando una jarra de licor en la palma de su mano, apareció de pie en el aire frente al rey.

“¡Compra esta jarra! ¡Compra esta jarra!” gritaba.

El rey Sabbamitta lo vio, y le preguntó: “¿De dónde vienes, brahmán? ¿Quién eres? ¿Qué jarra es esa que tienes?”

Sakra le contestó: “¡Escucha! Esta jarra no contiene mantequilla, ni aceite, ni melaza, ni tampoco miel. Escucha los innumerables vicios que contiene esta jarra.

Quien beba de esta jarra, pobre loco estúpido, perderá el control de sí mismo hasta que el tropiece en el suelo, y caiga dentro de una zanja o pozo negro. Bajo su influencia el comerá cosas que nunca tocaría en su sano juicio. ¡Por favor, cómprala! ¡Esta que es la peor de las jarras, está a la venta!

El contenido de esta jarra distraerá a la inteligencia del hombre hasta que se comporte como un bruto, dándole a su enemigo la diversión de reírse de él. Hará posible que él cante y baile estúpidamente frente a una asamblea. ¡Por favor, compra este maravilloso licor por la obscena alegría que da!

Incluso el más tímido perderá toda modestia al beber de esta jarra. El hombre vergonzoso puede olvidar el problema que para él supone la vestimenta adecuada, y desnudo correr por toda la ciudad sin ninguna vergüenza. Cuando esté cansado, descansará felizmente en cualquier sitio, ajeno a cualquier peligro y a la decencia. Tal es la naturaleza de esta bebida. ¡Por favor, cómprala!¡Esta que es la peor de las jarras, está a la venta!

Cuando uno bebe esto, uno pierde el control de su cuerpo, tambaleándose como si no pudiera permanecer de pie, temblando, dando sacudidas, y violentamente convulso, como un muñeco de madera manejado por las manos de otra persona. ¡Compra mi jarra!¡Está llena de vino!

El hombre que bebe de ella está ajeno a todos los peligros porque él pierde sus sentidos. Uno puede quemarse hasta la muerte en su cama, ser devorado por una jauría de chacales, arrojado a un charco, y llegar a ser reducido a la esclavitud o a la penuria; no hay ningún infortunio al que no nos pueda llevar el beber de esta jarra.

Habiendo bebido de ella, los hombres pueden estar tumbados sin sentido en el camino, revolcándose en su propio vómito y lamidos por los perros. Una mujer puede llegar a estar tan intoxicada que atará a sus padres a un árbol, que injurie a su marido, y en su ceguera puede incluso llegar a maltratar o abandonar a su único hijo. Tal es la mercancía contenida en esta jarra.

Cuando un hombre bebe de esta jarra, el puede llegar a creer que todo el mundo es suyo, y que no debe respeto a nadie. ¡Compra esta jarra!¡Está llena hasta el borde de la más fuerte de las bebidas!

Cuando uno se hace adicto a esta bebida, todas las familias de clase alto perderán su riqueza y verán arruinado su nombre. ¡Compre esta jarra, Señor! ¡Está a la venta!

En esta jarra hay un líquido que hace que se pierda el control de la lengua y de los pies. Crea una risa y un llanto irracional. Nubla la visión y deteriora la mente. Hace a un hombre despreciable.

El beber de ella creará lucha. Los amigos discutirán y terminarán a golpes. Incluso los dioses fueron susceptibles a ella, y perdieron sus cielos por culpa de la bebida. ¡Compra esta jarra, y prueba el vino!

Debido a este brebaje, se hablan falsedades con verdadero placer, y las acciones prohibidas se ejecutan con alegría. Un falso coraje llevará al peligro, y los amigos serán traicionados. El hombre que bebe esto hará muchas acciones como desafío (hacia lo correcto), no siendo consciente de que él mismo se está dirigiendo hacia el infierno. ¡Intente beber esto, Señor! ¡Compre mi jarra!

Quien beba de este brebaje cometerá faltas con cuerpo, habla, y mente. Verá lo bueno como malo, y lo malo como bueno. Incluso la persona más recatada actuará de forma indecente cuando esté bebida. El más sabio de los hombres hablará insensateces. ¡Compra este precioso líquido, y hazte adicto a él! Te irás acostumbrando a comportarte mal, a mentir, a abusar, a la suciedad, y a la desgracia.

Cuando están completamente ebrios, los hombres son como bueyes que han caído al suelo golpeados, colapsados, y todos en un montón. Ningún poder humano puede competir con el venenoso poder del licor. ¡Compra mi jarra!

En resumen, el beber esto destruirá toda virtud. Hará que desaparezca la vergüenza, erosionará la buena conducta, y matará la buena reputación. Manchará y nublará la mente. Si es que puedes permitirte beber este licor tóxico, Señor, ¡Compra mi jarra!

Cuando el rey oyó esto, se dio cuenta de la gran miseria que sería causada por la ingesta de alcohol. Muy contento de haber sido advertido del peligro, él deseó expresar su gratitud.

Entonces él le dijo: “Brahmán, tú has sobrepasado incluso a mi padre y a mi madre en tu cuidado hacia mí. En gratitud por tus excelentes palabras, déjame darte cinco pueblos que tú elijas, cien mujeres que te sirvan, setecientas vacas, y diez carruajes tirados por caballos de pura sangre. Tú has sido un gran maestro.”

Revelando su identidad, Sakra le replicó: “Como rey de los dioses de los Treinta y Tres, no necesito nada. Puedes quedarte con tus pueblos, sirvientes, y ganado. Disfruta de su deliciosa comida, y conténtate con los pasteles dulces. Deléitate en las verdades que te he predicado. De esta forma tú serás intachable en este mundo, y lograrás un glorioso renacimiento  en el cielo en tu siguiente vida”

Con estas palabras, Sakra retornó a su propio mundo.

El Rey Sabbamitta hizo votos de abstenerse del alcohol, y ordenó que se rompieran las jarras. A partir de ese día, el guardó los preceptos y generosamente dio limosnas. Vivió una buena vida, e indudablemente renació en el cielo.

Sin embargo, con posterioridad el hábito de consumir alcohol se extendió a través de India, y fue mucha la gente que se vio afectada.

El Buda terminó su lección aquí, e identificó el nacimiento: “En aquel tiempo, Ananda era el rey; y yo era Sakra”

 

 

 

Trad. al castellano por el ignorante y falto de devoción upasaka Losang Gyatso.

 

 

 

 

 

 

domingo, 3 de junio de 2012

Jataka Nº 78 El Tesorero Avaro. (Illisa Jataka)

Esta historia fue contada por el Buda en el Monasterio de Jetavana, y trata sobre un tesorero real, tremendamente rico, el cual vivía en una ciudad llamada Sakkara, cerca de la ciudad de Rajagaha. Había llegado a ser tan tacaño que nunca daba nada, ni tan siquiera la más pequeña gota de aceite que uno pudiera coger con una hoja de hierba. Peor aún que eso, él no usaba ni la más minúscula cantidad para su propia satisfacción. Su gran riqueza no le servía para nada a él, a su familia, o a la gente digna de ser recompensada en aquellas tierras.
Sin embargo, Moggallana llevó a este avaro y a su esposa a Jetavana, donde sirvieron una gran comida de pasteles al Buda y a quinientos monjes. Tras escuchar las palabras del Buda agradeciéndoselo, el tesorero real y su esposa “entraron en la corriente” .
Esa tarde los monjes estaban reunidos en el Salón de la Verdad y decían: “¡Qué grande es el poder del Venerable Moggallana. En un momento él convirtió al avaricioso a la generosidad, lo trajo a Jetavana, e hizo posible su logro! ¡Qué destacable es el Pionero!”
Mientras hablaban de este modo, el Buda entró, y les preguntó por el objeto de su conversación. Cuando se lo dijeron, el Buda les respondió: “Monjes, esta no es la primera vez que Moggallana ha convertido a este tesorero avaro. En otros tiempos, también el Muy Venerable le enseñó cómo las acciones y sus efectos están unidas”. Y entonces el Buda contó esta historia del pasado.
Hace mucho, mucho tiempo, cuando Brahmadatta reinaba en Varanasi, había un tesorero llamado Illisa que tenía ochenta clases de riquezas. Este hombre tenía todos los defectos posibles en una persona. Era cojo y jorobado, y también era bizco. Era un avaro recalcitrante, nunca daba nada de su fortuna a los demás, y tampoco él gozaba de ella.
Sin embargo, es interesante que las siete generaciones anteriores de sus antepasados hubieran sido generosos, dando lo mejor que tenían libremente. Cuando este tesorero heredó las riquezas familiares, rompió con la tradición, y comenzó a acaparar su riqueza.
Un día, cuando volvía de una audiencia con el rey, vio a un paisano cansado que estaba sentado en un banco, y que estaba bebiendo una taza de licor barato con gran placer. Al verlo, el tesorero sintió el deseo de beber también licor, pero pensó: “Si yo bebo, los demás también querrán beber conmigo. ¡Eso sería un gasto ruinoso!”.
Cuanto más intentaba suprimir su sed de licor, más fuerte se hacía el anhelo. Su esfuerzo por vencer su sed hizo que se volviera tan amarillo como el algodón viejo. Llegó a estar cada vez más y más delgado, hasta que las venas se le notaban en su figura demacrada. Después de algunos días, aún incapaz de olvidar el licor, se fue a su habitación y se tumbó en su cama. Su esposa entró, le frotó la espalda, y le preguntó: “Esposo, ¿Qué va mal?”
El respondió: “Nada”
Entonces ella aventuró: “Quizás el rey está enfadado contigo”
“No, no es eso”
“¿Han hecho tus hijos o tus sirvientes algo que te disguste?”
“No, nada de eso”
“Bien, ¿entonces tienes un deseo por algo?”
Debido al miedo de que pudiera llegar a gastar su fortuna, él aún siguió sin pronunciar ni una sola palabra.
Entonces ella le suplicó: “Habla, esposo mío. Dime, ¿Qué es lo que deseas?”
En voz baja él le dijo: “Bueno, siento deseo por una cosa”
“¿Qué es, esposo mío?”
El susurró: “Quiero beber licor”
Entonces ella exclamó aliviada: “¿Por qué no lo dijiste antes? Haré licor suficiente para servir a toda la ciudad”
“¡No! No metas en esto a los demás. ¡Que cada uno se gane su propia bebida!”
“Bueno, entonces solo haré lo suficiente para nuestra calle”
“¡Qué rica eres!”
“Vale, entonces solo para nuestra casa”
“¡Qué extravagante!”
“De acuerdo, solo para nosotros y nuestros hijos”
“¿Por qué molestarlos?”
“Muy bien, que tan solo sea bastante para nosotros dos”
“¿Tú lo necesitas?”
“¡Naturalmente que no! Haré un poco de licor solo para ti”
“¡Espera! Si haces algo de licor en la casa, te verá mucha gente. De hecho, es imposible el beber nada aquí”
Dándole una sola moneda de poco valor, él envió a un esclavo a que comprara una jarra de licor en la taberna. Cuando el esclavo retornó, Illisa le ordenó que llevara el licor a las afueras de la cuidad, a una remota espesura cerca del rio.
“Ahora déjame solo” le ordenó Illisa.
Después de que el esclavo hubo caminado un buen trecho, el tesorero se internó en la espesura, llenó su copa, y comenzó a beber.
En aquel momento, el propio padre del tesorero, el cual había renacido como Sakra, el rey de los dioses, se estaba preguntando si la tradición de generosidad aún se mantenía en su casa, y entonces tuvo noticia del comportamiento escandaloso de su hijo. El supo que su hijo no solo había roto con la tradicional magnanimidad de su familia, sino que también había quemado las casas de beneficencia, y que había golpeado a los pobres para apartarlos de su puerta. Sakra vio que su hijo, no queriendo compartir ni tan siquiera una gota de licor barato con nadie, estaba sentado en la espesura bebiendo solo.
Cuando vio esto, Sakra exclamó: “Tengo que demostrarle a mi hijo que las acciones siempre tienen sus consecuencias. He de hacerle generoso, y digno de renacer en el reino de los dioses”
En ese mismo instante, Sakra adoptó la forma de su hijo de forma completa, con su cojera, su joroba, y su estrabismo; y entró en la ciudad de Varanasi. Se dirigió directamente a la puerta de palacio, y pidió que le anunciaran al rey.
El rey dijo: “Dejad que se acerque”
Sakra entró en la cámara real, y le presentó sus respetos.
El rey le preguntó: “¿Qué te trae por aquí a esta hora tan inusual, mi Tesorero Mayor?”
“Señor, he venido porque me gustaría añadir mis ochenta tipos de riquezas a tu tesoro real”
El rey le contestó: “No, mi querido Tesorero Mayor. Yo poseo un gran tesoro. No necesito del tuyo.”
“Señor, si tú no lo aceptas se lo daré a los demás”
“De todas formas, tesorero, haz como quieras”
“Así será, Señor” dijo Sakra. Entonces, postrándose de nuevo ante el rey, se dirigió a la casa del tesorero. Ninguno de los sirvientes podría decir que no fuera su verdadero señor. Mandó llamar al portero, y le ordenó: “Si alguien que se me pareciese apareciera y dijera que es el dueño de esta casa, esa persona debería de ser fuertemente golpeada, y arrojada fuera”.
A continuación subió por las escaleras, se sentó en un diván con brocados, y mandó buscar a la esposa de Illisa. Cuando ella llegó, le sonrió, y le dijo: “Querida mía, seamos generosos”
Cuando su mujer, sus hijos, y todos los sirvientes escucharon esto, pensaron: “¡Nunca hemos visto al tesorero pensar de esta forma! Tiene que haber bebido mucho para mostrar tan buen corazón y generosidad”
Su esposa le contestó: “Se tan caritativo como te plazca, esposo mío”
Sakra ordenó: “Id a buscar al pregonero. Quiero que él anuncie a todos los ciudadanos de la cuidad, que todo el que quiera oro, plata, diamantes, perlas, o otras gemas debería de venir a la casa de Illisa, el tesorero”.
Su esposa le obedeció, y pronto se congregó una gran multitud llevando cestos y sacos. Sakra les dio instrucciones a los sirvientes para que abrieran las puertas de los almacenes, y entonces se dirigió a la gente diciendo: “¡Estos son mis regalos para vosotros! ¡Coged lo que os guste! ¡Qué tengáis buena suerte!”
La gente de la ciudad llenó sus sacos y se llevó todo el tesoro que eran capaces de transportar. Un granjero unció dos de los bueyes de Illisa a un hermoso carro, lo lleno de cosas valiosas, y salió de la ciudad. Según iba rodando, iba cantando una canción en alabanza del tesorero; aconteció que pasó cerca de la espesura en la que Illisa estaba escondido.
“¡Qué puedas vivir cien años, mi buen señor Illisa!” cantaba el granjero. “Lo que tú has hecho por mí en el día de hoy, me permitirá vivir sin tener que volver a trabajar. ¿Quién me dio estos bueyes? ¡Tú lo hiciste! ¿Quién me dio este carro? ¡Tú lo hiciste! ¿Quién me dio todas las riquezas que hay en este carro? ¡Una vez más, fuiste tú! Ni mi padre ni mi madre me dieron algo como esto. No, solo vino de ti, mi señor”
Estas palabras entraron hasta los huesos del tesorero. Se preguntó: “¿Por qué este tipo menciona mi nombre? ¿Habrá el rey dado toda mi riqueza?” Salió de la espesura, e inmediatamente reconoció a su carro y sus bueyes.
Saliendo de entre los arbustos tan rápido como pudo, sujetó a los bueyes por el aro de la nariz, y grito: “¡Para!¡Estos bueyes me pertenecen!”
El granjero se apeó del carro y comenzó a golpear al intruso. “¡Farsante! Esto no es tuyo. Illisa, el tesorero, está dando todas sus riquezas a toda la cuidad” Golpeó al tesorero dejándolo tirado en el suelo, se volvió a subir al carro, y comenzó a rodar.
Agitado por el enfado, Illisa se levantó solo, corrió tras el carro, y volvió a coger a los bueyes. Una vez más, el granjero saltó del carro, cogió a Illisa por los cabellos, y lo golpeó fuertemente. Entonces volvió a subir al carro, y partió.
Dolorido y ensangrentado, intentó entrar en su propia casa, diciendo que él era Illisa, pero los porteros lo detuvieron.
“¡Tú villano! ¿Dónde crees que vas?” le gritaron. Y siguiendo las órdenes le golpearon con varas de bambú, lo cogieron por el cuello, y lo tiraron escaleras abajo.
“Solo el rey me puede ayudar ahora” gimió Illisa, y se arrastró hasta el palacio del rey.
“Señor, ¿Por qué? ¿Por qué me has robado de esta forma?”
“Yo no te he robado, mi querido Tesorero Mayor. Tú mismo me ofreciste en primer lugar todas tus riquezas. Y entonces tu ofreciste tus propiedades a los ciudadanos de la ciudad”
“Señor, ¡Yo nunca hice tal cosa! Su Majestad sabe cómo soy de cuidadoso con el dinero. Usted sabe que yo nunca daría ni la más pequeña gota de aceite. Quizá Su Majestad quisiera mandar a buscar a la persona que ha robado mis riquezas. ¡Por favor, interróguelo sobre este asunto!”
El rey ordenó a su guardia que le trajeran a Illisa, y ellos volvieron con Sakra. Los dos tesoreros eran tan exactamente idénticos que ni el rey, ni nadie en la corte podrían decir cuál era el verdadero tesorero.
“Señor, yo soy el tesorero. ¡Este es un impostor!” suplicaba Illisa.
El rey le contestó: “Mi querido señor, yo realmente no puedo decir cuál de los dos es el verdadero Illisa. ¿Hay alguien que pueda distinguir con seguridad entre ambos?”
Illisa respondió: “Si Señor, mi esposa puede”
Entonces el rey mandó buscar a la esposa, y le preguntó cuál de los dos era su marido. Ella sonrió a Sakra, y se puso a su lado. Cuando los hijos de Illisa y los sirvientes fueron llamados, y se les hizo la misma pregunta, todos ellos respondieron que Sakra era el verdadero tesorero.
De repente, Illisa recordó que él tenía una cicatriz en la parte superior de su cabeza, que estaba oculta por el pelo, y que solo era conocida por su barbero. Como último recurso, pidió que fuera llamado su barbero. El barbero vino, y cuando se le preguntó si podría distinguir al verdadero Illisa del falso, respondió: “Por supuesto Señor, puedo decirlo si es que puedo examinar las cabezas de ambos”
El rey ordenó: “Por todos los medios, mírales a ambos sus cabezas”
El barbero examinó la cabeza de Illisa, y encontró la cicatriz. Cuando comenzó a examinar la cabeza de Sakra, el rey de los dioses rápidamente hizo aparecer una cicatriz en su propia cabeza, de forma que el barbero exclamó: “Su Majestad, ¡ambos son bizcos, ambos son cojos, y ambos son también jorobados!¡Ambos tienen cicatrices exactamente en el mismo lugar de sus cabezas!¡Ni siquiera yo puedo decir cuál es el verdadero Illisa!”
Cuando Illisa escuchó esto, se dio cuenta de que su última esperanza se había desvanecido, y comenzó a temblar ante la pérdida de sus amadas riquezas. Vencido por sus emociones, sufrió un colapso, y cayó al suelo desvanecido. Ante esto, Sakra volvió a adoptar su forma divina y se elevó en el aire.
“Oh, Rey. Yo no soy Illisa. ¡Soy Sakra!”
Los cortesanos  rápidamente arrojaron agua a la cara de Illisa para revivirlo. Tan pronto como recobró su consciencia, el tesorero se arrastró a sus pies y se postró ante Sakra.
Sakra dijo en voz alta: “¡Illisa! Esa riqueza era mía, no tuya. Yo fui tu padre. Durante mi vida yo fui generoso para con los pobres, y me regocijaba en hacer el bien. Debido a mi caridad, yo he renacido en este estado de grandeza. Pero tú, hombre necio, no estás andando tras mis huellas. Tú has llegado a ser un terrible avaro. Para atesorar mis riquezas, tú derruiste quemándolas mis casas de beneficencia, y arrojaste a los pobres. No has obtenido ningún disfrute de tu riqueza; ni tampoco sirve de beneficio para ningún otro ser humano. Tu tesoro es como un estanque obsesionado por demonios, en el que nadie puede saciar su sed. Sin embargo, si reconstruyes mis casas de beneficencia, y muestras caridad hacia los pobres, tú obtendrás un gran mérito. Si no lo haces, te quitaré todo lo que tienes, y destrozaré tu cabeza con mis relámpagos”
Cuando Illisa oyó esto, tembló de miedo, y sollozó: “¡A partir de ahora seré generoso!¡Lo prometo!”
Aceptando esta promesa, Sakra estableció a su hijo en los preceptos, le predicó el Dharma, y volvió al reino de los dioses.
Fiel a su palabra, Illisa practicó la caridad con diligencia, y acometió muchas buenas obras. Llegó incluso a renacer en el cielo.
Entonces el Buda dijo: “Ya veis monjes, esta no es la primera vez que Moggallana ha convertido a este tesorero avaro. En aquellos tiempos, el tesorero era Illisa; Moggallana era Sakra, el rey de los dioses; Ananda era el rey; y yo mismo era el barbero”



Trad. por el ignorante y falto de devoción upasaka Losang Gyatso.

sábado, 2 de junio de 2012

Jataka Nº 89 La Paja que Valía más que el Oro. (Kuhaka Jataka)

El Buda contó esta historia en Jetavana al existir un monje amigo de la intriga, el cual era la fuente de numerosos problemas para los demás monjes.

Hace mucho, mucho tiempo, cuando Brahmadatta estaba reinando en Varanasi, un taimado asceta con unas largas greñas vivía cerca de cierto pequeño poblado. El terrateniente había construido una modesta ermita en el bosque para él, y diariamente lo proveía con excelente comida en su propia casa.
El terrateniente tenía un gran miedo a los ladrones, y decidió que la forma más segura  de proteger su dinero era esconderlo en un sitio inverosímil. Creyendo que el asceta de las largas greñas era un modelo de santidad, le trajo cien piezas de oro a la ermita, las enterró allí, y le pidió al asceta que guardara el tesoro.
“No hay necesidad de decirle más, Señor, a un hombre como yo que ha renunciado al mundo. Nosotros los ermitaños nunca codiciamos lo que les pertenece a otros”
“Eso es maravilloso” dijo el terrateniente, quien se marchó completamente confiado con las declaraciones del ermitaño.
Tan pronto como el terrateniente se perdió de vista, el asceta se dijo a sí mismo: “¡Aquí hay bastante para que un hombre pueda gastar durante toda su vida!”
Tras dejar pasar unos días, el ermitaño sacó el oro y lo volvió a enterrar convenientemente a un lado del camino. A la mañana siguiente, después de comer arroz y suculento curry en la casa del terrateniente, el asceta dijo: “Mi buen Señor, yo he permanecido aquí, mantenido por ti, durante mucho tiempo. Francamente, el vivir tanto tiempo en un mismo sitio es como vivir en el mundo, lo cual les está prohibido a los ascetas como yo. Verdaderamente yo no puedo permanecer aquí más tiempo; ha llegado el tiempo de que yo me vaya”.
El terrateniente le instó a que se quedara, pero nada pudo torcer la determinación del ermitaño.
“Bien, entonces si tiene que irse, le deseo buena suerte” dijo el terrateniente. De mala gana escoltó al asceta hasta las afueras del poblado, y retornó a su casa.
Después de haber andado un trecho solo, el asceta pensó que sería bueno engatusar al terrateniente. Colocando una paja en sus greñas, se apresuró a volver al poblado.
“¿Qué le trae de vuelta?” preguntó el sorprendido terrateniente.
“Me he dado cuenta de que una paja de tu tejado se ha metido en mi pelo. Nosotros los ermitaños no podemos coger nada que no nos haya sido dado, por lo tanto yo te la traigo de vuelta”
“Tírela al suelo, Señor, y siga su camino” dijo el terrateniente.
Y pensó para sí: “¡Imagínate! Este asceta es tan honesto que ni siquiera quiere coger una paja que no le pertenezca. ¡Qué persona tan rara!”
Entonces, grandemente impresionado por la honestidad del asceta, el terrateniente lo despidió de nuevo deseándole un buen viaje.
En aquel tiempo, el Bodhisattva, que había renacido como un mercader, iba de viaje hacia la frontera por motivos de negocios, y sucedió que paró en el mismo pequeño poblado, donde él vio al asceta volver con el trozo de paja. En su mente creció la sospecha de que el asceta tenía que haberle robado algo al terrateniente. Él le preguntó a aquel hombre tan rico si él había depositado algo al cuidado del asceta.
El terrateniente le contestó bastante excitado: “Si, cien piezas de oro”
El mercader le sugirió: “Bien, ¿Por qué no va, y ve si aún están a salvo?”
El terrateniente se dirigió a la ermita abandonada, escavó donde había dejado su dinero, y encontró que había desaparecido.
Volviendo a toda prisa a dónde se encontraba el mercader, gritó: “¡No está allí!”
El mercader dijo: “Con toda seguridad el ladrón es ese pillo de pelo largo, que aparenta ser un asceta. ¡Cojámoslo!”
Los dos hombres corrieron tras el pícaro, y lo alcanzaron rápidamente. Ellos lo patearon y golpearon hasta que el les mostró dónde había escondido el oro. Después de que habían recuperado el dinero, el mercader miró a las monedas, y con desprecio le preguntó al asceta: “¿Por qué estas cien monedas de oro no turbaron tanto tu conciencia como lo hizo la paja? ¡Ten cuidado, hipócrita, de no volver a emplear este truco nunca más!”
Cuando su vida llegó a su fin, el mercader murió y le fue de acuerdo a sus abandonos.
Cuando terminó esta lección, el Buda dijo: “Por lo tanto, monjes, podéis ver que este monje era tan amigo de la intriga en el pasado como lo es hoy”.
Entonces identificó el nacimiento diciendo: “Este monje era el intrigante asceta de aquellos días, y yo era el sabio y buen mercader”



Trad. al castellano por el ignorante y falto de devoción upasaka Losang Gyatso.